Atardecer

El atardecer es nuestro, no importa que ya no esté para verlo. Sentados en la playa, veíamos al sol ahogarse en el mar cada tarde.  Era una promesa, un sueño cumplido. Durante los últimos días del verano  caminábamos tomados de la mano por la arena al caer la tarde. La brisa suave del mar jugueteaba con su dorada cabellera, las olas mojaban nuestros pies desnudos. Y allí frente al horizonte nos sentábamos, a hablar por horas, de mil cosas o simplemente a no hacer nada, hasta que las estrellas comenzaban a brillar débilmente. Me preguntaba cuánto la quería y yo contaba las estrellas para decirle cuánto, pero me confundía y volvía a empezar, y ella reía, y su risa era la música más hermosa que escuché jamás.

Ahora ya no está conmigo y siento que muero con el sol, no sé dónde está, si piensa en mí o me olvidó, pero lo que sé es que dónde quiera que se encuentre, verá el atardecer y se acordará que es nuestro.

Belita

Amanecer naranja II

Tuya

Si, soy tuya. Me entregué por completo. Hicimos lo que quisimos entre las sábanas. Grité tu nombre y mi calor encendió tu sonrisa.  Pero fui más allá. Te dejé entrar al rincón más oscuro de mi alma. No escondí nada. Corriste la cortina de mi vergüenza, conversaste con mis miedos, seguro pisaste algún trozo de mi corazón, pudiste ver la fuente de donde brotan todas las lágrimas, pero también viste mi frágil ser temblar de amor por ti. Te dejé leerme. Leíste cada capítulo de mi historia, párrafos dulces, apasionados y por supuesto desdichados.  Fuiste un lector fascinante, encajaste  las piezas de este rompecabezas que soy, y te diste cuenta que no soy complicada, ni difícil, ni rara, simplemente la mujer que te ama.

Belita

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