Silencio

Las lágrimas que resbalan por mis mejillas no se escuchan,
el dolor que aprieta mi corazón no hace ruido.
Tú no oyes el estruendo de la destrucción
no ves la devastación dentro de mi,
porque te has ido.

Belita

4a3610bd0daa506cee4faa9f576e266d

Anuncios

Quédate todavía…

En octubre se fue. Se escapó de mis manos como agua, intenté retenerla. Fue inútil. Que iluso pretender retener el viento. Como un ave, extendió sus alas y voló al sur en el invierno.  Desapareció como el sol en el atardecer: lento y en silencio. No me veré más en sus ojos, no tendré más sus manos entre las mías. ¿Y su sonrisa? Quiero que se quede conmigo todavía. Quiero rozar su piel, enredar mis dedos en su pelo, escuchar aun cada noche su latir, su respirar. Necesito abrazar su alma una vez más. Solo un instante más sentir su calidez, aspirar su olor, besar su boca húmeda. Quiero otro verano con ella. Pero se marchó, me dejó aquí con la tristeza y ya no sé que hacer con ella. Me la guardo en el bolsillo de atrás del pantalón para hacer de cuenta que no me hace falta, ¡aunque me haga falta la vida entera!

Belita

4168a24850383a409830a67d6ca073c5

Tonto corazón

Tonto corazón te diste entero,
en cada latido decías ¡te quiero!
Sueñas en silencio que vives en su pecho,
pero ya estás muerto con su despedida.

Tonto corazón sigues latiendo,
no sabes que sin sangre ya no existes,
sangre que era tinta en su tintero,
con la que escribiste mil veces yo te quiero.

Tonto corazón te quedaste solo, triste, silencioso.
No entiendes razones ni motivos,
te perdiste en el espacio que él dejó vacío.

Tonto corazón enloqueciste,
no comprendes palabras ni sonidos,
solo oyes su voz en la distancia,
pero solo es el eco de su olvido.

Tonto corazón ¿por qué no mueres?
¿Por qué sigues latiendo adentro mío?
Mata este dolor insoportable
¡deja de latir ya!
¡Por tu bien y por el mío!

Belita

corazon-roto-suelo.jpg

El marinero y la pescadora

Frente al mar con la mirada perdida entre el cielo y el horizonte, la pescadora observa al sol agonizar. La llena de nostalgia el atardecer, la hace recordar al muchacho pecoso del puesto de fruta del mercado, del que se había enamorado pero que él –tristemente para ella – había preferido a su hermana.  De hecho todos los jóvenes del pueblo parecían preferirla. Pero ella tampoco era de mal parecer, era una chica menuda y morena con la piel tostada por el sol propio de las mujeres costeñas. Esbelta, con una cintura muy breve que más de uno miraba y una que otra envidiaba. Piernas largas muy bien torneadas y una bella cabellera negra  que acostumbraba a llevar en una trenza.

Hundida en estos pensamientos no se percató de la presencia de alguien más. Así que se sobresaltó al descubrir la figura masculina no muy lejos de ella. Al verlo, enseguida se dio cuenta que era un marinero, con su impecable uniforme blanco y su distintivo gorrito. Decidió marcharse, pasó al lado del marinero que absorto en el horizonte ni la notó. Ella pudo verlo bien, rubio como el sol en su cenit, los ojos profundamente azules como el mar, hombre de aspecto duro, de buen parecer, fornido.

Cada tarde se repetía la misma escena. El marinero la miraba pero jamás intercambiaba una palabra con ella.  A veces ella jugueteaba en el mar quedando completamente mojado su vestido blanco y pegándose a su cuerpo, delineando su perfecta figura que no pasaba desapercibida por el marinero que la miraba de reojo, otras bailaba en la orilla recogiendo sus enaguas con una gracia encantadora  que el hombre no podía evitar esbozar una sonrisa.

Una tarde todo fue diferente, cuando ella se disponía a marchar y pasó frente él, la sujetó por el brazo y susurró:

Quédate… – Ella lo miró muy sorprendida pero misteriosamente no se movió. Soltando el su brazo, volvió a susurrar: – Baila conmigo…- extendiéndole la mano.

Ella sonrió y depositó su pequeña mano sobre la de él, que la atrajo hacía su cuerpo tomándola con fuerza por la brevísima cintura quedando pegados, tanto que formaban una sola silueta a la luz de los últimos rayos del sol. La más bella música comenzó a sonar, proveniente de la mágica orquesta que formaba el estruendo de las olas con el viento.

La blanca arena era la pista de baile más grande del mundo y era solo para ellos. Bailaban como un príncipe con su princesa, y reían como bobos, como dos chiquillos. Las estrellas comenzaron a brillar y ellos tendidos en la arena no hacían más que contarlas pero perdían la cuenta y volvían a empezar.  La pescadora se sorprendió que por primera vez en mucho tiempo no pensó en el pecoso del puesto de fruta. El marinero se calló de pronto, aun no hablaba mucho, ella acarició su rostro y él le rozó los labios. Ella se ruborizó pero el marinero ya no podía detenerse ni ella quería que lo hiciera. Entre la arena y el mar, se amaron hasta la madrugada. Con pasión, con urgencia, con necesidad de llenar sus almas tristes.

Los tibios rayos del sol sobre el rostro de la pescadora la despertaron, sentía aun en los labios los besos del marinero, pero él ya no estaba allí. Llena de arena corrió hasta el muelle, un pescador que alistaba sus redes le dijo, que los marinos habían zarpado muy temprano. Un grito ahogado estalló en el pecho de la mujer.

Dicen que todavía lo espera, sentada en la arena junto al muelle, al marinero que jamás vuelve.

Belita

IMG_20160327_082325