Otoño

“Y aunque botaba hojas por doquier
las que aun quedaban
te amaron con todo su ser.
Ahora caen también
se va el otoño
te lleva con él.”

Belita

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Volar

Quisiera extender las alas y volar. Volar muy alto. Más allá de las nubes pasear. Tocar las estrellas, besar el infinito. No volver jamás. Agitar las alas plácidamente, que el viento me lleve a otro lugar. Lo más lejos posible. Volar sobre un océano de nubes, tan lejos que no pueda regresar. Besar el infinito, tocar la inmensidad. Que el sol acaricie mi faz. Que el cielo me envuelva entre sus brazos. Cuánto silencio en las alturas, cuánta paz, cuánto sosiego. No quiero regresar. Soy un ave solitaria que no encontró un nido dónde posar, y lo único que quiere es entre las nubes pasear. Volar, volar sin descansar, hasta que algún cazador furtivo, con certera puntería, termine esta travesía de volar y volar sin parar.

Belita

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No te enamores en otoño

Y en otoño también te quiebras.
Te desmoronas. Te rompes.
Tu corazón se estruja
y tu pecho revienta.
Las lágrimas te ahogan.
Te deshaces. Mueres.
En otoño también te destruyes,
pero con más dolor y desolación,
con más crueldad
porque se acerca el invierno.
Si encuentras a alguien al atardecer,
deja que siga su camino.
Apresura el paso, déjalo atrás.
Porque te romperá como a un cristal.
No te enamores en otoño.

Belita

Autumn Beauty:

El marinero y la pescadora

Frente al mar con la mirada perdida entre el cielo y el horizonte, la pescadora observa al sol agonizar. La llena de nostalgia el atardecer, la hace recordar al muchacho pecoso del puesto de fruta del mercado, del que se había enamorado pero que él –tristemente para ella – había preferido a su hermana.  De hecho todos los jóvenes del pueblo parecían preferirla. Pero ella tampoco era de mal parecer, era una chica menuda y morena con la piel tostada por el sol propio de las mujeres costeñas. Esbelta, con una cintura muy breve que más de uno miraba y una que otra envidiaba. Piernas largas muy bien torneadas y una bella cabellera negra  que acostumbraba a llevar en una trenza.

Hundida en estos pensamientos no se percató de la presencia de alguien más. Así que se sobresaltó al descubrir la figura masculina no muy lejos de ella. Al verlo, enseguida se dio cuenta que era un marinero, con su impecable uniforme blanco y su distintivo gorrito. Decidió marcharse, pasó al lado del marinero que absorto en el horizonte ni la notó. Ella pudo verlo bien, rubio como el sol en su cenit, los ojos profundamente azules como el mar, hombre de aspecto duro, de buen parecer, fornido.

Cada tarde se repetía la misma escena. El marinero la miraba pero jamás intercambiaba una palabra con ella.  A veces ella jugueteaba en el mar quedando completamente mojado su vestido blanco y pegándose a su cuerpo, delineando su perfecta figura que no pasaba desapercibida por el marinero que la miraba de reojo, otras bailaba en la orilla recogiendo sus enaguas con una gracia encantadora  que el hombre no podía evitar esbozar una sonrisa.

Una tarde todo fue diferente, cuando ella se disponía a marchar y pasó frente él, la sujetó por el brazo y susurró:

Quédate… – Ella lo miró muy sorprendida pero misteriosamente no se movió. Soltando el su brazo, volvió a susurrar: – Baila conmigo…- extendiéndole la mano.

Ella sonrió y depositó su pequeña mano sobre la de él, que la atrajo hacía su cuerpo tomándola con fuerza por la brevísima cintura quedando pegados, tanto que formaban una sola silueta a la luz de los últimos rayos del sol. La más bella música comenzó a sonar, proveniente de la mágica orquesta que formaba el estruendo de las olas con el viento.

La blanca arena era la pista de baile más grande del mundo y era solo para ellos. Bailaban como un príncipe con su princesa, y reían como bobos, como dos chiquillos. Las estrellas comenzaron a brillar y ellos tendidos en la arena no hacían más que contarlas pero perdían la cuenta y volvían a empezar.  La pescadora se sorprendió que por primera vez en mucho tiempo no pensó en el pecoso del puesto de fruta. El marinero se calló de pronto, aun no hablaba mucho, ella acarició su rostro y él le rozó los labios. Ella se ruborizó pero el marinero ya no podía detenerse ni ella quería que lo hiciera. Entre la arena y el mar, se amaron hasta la madrugada. Con pasión, con urgencia, con necesidad de llenar sus almas tristes.

Los tibios rayos del sol sobre el rostro de la pescadora la despertaron, sentía aun en los labios los besos del marinero, pero él ya no estaba allí. Llena de arena corrió hasta el muelle, un pescador que alistaba sus redes le dijo, que los marinos habían zarpado muy temprano. Un grito ahogado estalló en el pecho de la mujer.

Dicen que todavía lo espera, sentada en la arena junto al muelle, al marinero que jamás vuelve.

Belita

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